lunes, 30 de abril de 2012

La Torre Eifel de Paulmann. Mucho debate insustancial.


Bastante tiempo lleva en cuestionamiento el proyecto de Cencosud denominado Costanera Center. Que es un desatino y una muestra de egocentrismo de Paulmann, que es antiestético ya que es un hito urbano que atenta contra la ciudad (similar a lo que ocurre con el Mall de Castro), que generará un caos vehicular de proporciones y que no tendría solución. En fin. Pues bien, todo lo anterior es cierto, pero no tanto.
Cuando está a punto de inaugurarse el proyecto de la torre más alta de Sudamérica comienzan a sonar voces por todos los medios sobre el caos vehicular que se generará en las Avenidas del sector (Andrés Bello, Apoquindo, Providencia y Vitacura) y vías aledañas, alias, el no menos presuntuoso, ‘Sanhattan’. ¿Alguien tenía alguna duda cuando se presentó el proyecto para su aprobación en el municipio de Providencia el año 2005? ¿Por qué recién hoy se percataron de ese “detalle”? Este es un problema trascendental de nuestra legislación urbana, formulada con la clara intención que los privados puedan desarrollar sus proyectos sin hacerse cargo de las externalidades negativas que ellos generan. Acá el bien común no importa. Parece que el beneficio social temporal que generarían los proyectos (empleo) está por sobre el bien común permanente. Falacia. Bueno, como todo en Chile, el que manda es el mercado. Nada de regular ¿para qué? No le pongamos trabas a los inversionistas, que vienen a darnos trabajo.
Esto ocurre en todo Chile. ¿Se ha preguntado por qué cuando se instala un colegio privado (que claramente genera atochamiento vehicular en horas punta) no se invierte en “mitigaciones viales” como pistas adicionales, semaforización, estacionamientos adecuados…? O cuando se instala un ‘Strip Center’, o un nuevo edificio. O cualquier edificación que implique mayor flujo vehicular. Pero claro, como el Costanera Center afectará a ciertas personas más que a otras, obtiene toda la atención de los medios. ¿A alguien le importa el caos vial actual en el 14 de Vicuña Mackenna o en Av. Pajaritos, o en Estación Central o en Regiones?  

Varios han dicho que Horst Paulmann es un egocéntrico y que la Gran Torre Santiago no es más que el símbolo de su codicia, similar a las pirámides para los faraones. Lo más probable es que esto sea efectivo. La pregunta es ¿Y qué? Todo el mundo quiere dejar un legado en esta ‘suciedad’ y quienes poseen dinero a destajo lo hacen con excentricidades. Porque nadie dijo nada de Abraham Senerman cuando el 2010 inauguró Titanium La Portada, o no se discute que Donald Trump tenga sus rascacielos en EEUU como su edificio corporativo en Chicago. Pues bien, esta torre será para Paulmann su propia Torre Eiffel (tienen similar altura), pero para Santiago puede ser cualquier cosa.
Distinto es que a algunos les parezca estéticamente poco agraciada la torre o que urbanísticamente parezca cualquier cosa menos un hito urbano, según otros. Se compara con el Mall de Castro y se advierte que es un adefesio, un insulto al arte y un atentado a la ciudad. Pues el diseño del argentino César Pelli, los chilenos Alemparte Barreda y Asociados (junto con Watt International) tampoco es de mi agrado. Pero pasará lo mismo que ocurrió con la torre de vidrio junto a la Catedral, con la torre Santa María, la de Telefónica, en fin, que pasarán a ser parte del paisaje urbano, se mimetizarán y pasarán casi inadvertidas (si no fuere por la altura, claro está). Pero comparar esto con lo del Mall de Castro es otra cosa. Acá no hay patrimonio cultural que se vea afectado. Quienes indican que en Castro la ciudadanía terminó con la controversia al aprobar mayoritariamente la construcción del centro comercial, no entienden el trasfondo. Nadie duda (aunque a algunos no nos gusten los centros comerciales) que la mayoría de los ciudadanos quieran tener los supuestos indicios de modernidad en sus ciudades como pueden ser estas edificaciones comerciales. El tema acá es dónde y cómo se construyen.

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